Planificar para sobrevivir /

Detalles Bibliográficos
Autor principal: Neutra, Richard
Formato: Libro
Publicado: Mèxico: Fondo de Cultura Económica, 1957.
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Tabla de Contenidos:
  • • Prefacio a la edición en español. (Pág. 9). • I. Los actos del cerebro humano alteran y deforman continuamente el medio natural. (Pág. 19). • II. ¿Es posible la planeación? ¿Puede proyectarse el destino? (Pág. 25). • III. La humanidad navega precariamente hacia su posible supervivencia en una balsa, hasta ahora bastante improvisada y a menudo llena de agujeros: la planeación y el diseño. (Pág. 35). • IV. Todo el medio ambiente construido por el hombre, sobrecargado con artificios técnicos, se ha convertido en el molde de nuestro destino, y en la causa de una incesante fatiga nerviosa. (Pág. 41). • V. El pensamiento racional contra las predisposiciones tradicionales en el diseño: la arquitectura, miembro rezagado del “naturalismo”. (Pág. 46). • VI. Las garantías de utilidad contra el viejo concepto de “calidad”. Las formas de nuestro medio son dictadas por la tecnología industrial y se justifican por su funcionamiento. (Pág. 63). • VII. La calidad fue alguna vez una rareza; sin embargo, en una era industrializada, la calidad ya no es aristocrática; y la “belleza” se ve acosada por dos lados: por el monstruo de la monotonía y por las novedades que crea el afán de vender. (Pág. 75). • VIII. Sólo con criterios sólidos podía capearse la tormenta de la inseguridad cuando se desató el industrialismo por todo. (Pág. 89). • IX. Mientras se proclama que la “belleza” es intemporal y se la relega a un pedestal de ocasión abandonándola allí con todos los honores, la civilización está en peligro de desintegrarse. (Pág. 98). • X. Las formas naturales crecen de manera distinta a las obras humanas, pero a menudo son los modelos para los diseños que el hombre produce, acepta y, al poco tiempo, abandona de modo extraño. (Pág. 106). • XI. Podemos obtener nuevamente la naturalidad si nuestra aceptación del diseño se guía por la fisiología y no por el apremio comercial. (Pág. 118). • XII. Las obras de la naturaleza inspiraron al hombre a imitarla, y luego él les infundió un poco de magia. (Pág. 124). • XIII. En el avance de la técnica, la magia decae, pero algo de lo “viejo” se conserva como ornamento para alegrar el corazón. (Pág. 128). • XIV. El “funcionalismo” puede convertirse en un credo superficial para extrovertidos, pero también puede ser llevado a hacer honor a las funciones bajo nuestra piel y la vida más recóndita. (Pág. 135). • XV. La función misma puede llegar a ser un resultado —por ejemplo, cuando la forma y el color producen excitación sexual en el juego erótico. (Pág. 139). • XVI. Para nuestra reacción nerviosa, el diseño siempre opera en el tiempo, desde el sobresalto repentino hasta la atracción suave y continua. (Pág. 148). • XVII. Las formas tempranas y recientes de la satisfacción mental se ajustan minuciosamente a las fases tempranas y recientes de la civilización. (Pág. 153). • XVIII. No existe una “razón pura”, así como tampoco, existe una “belleza pura”. Es muy natural que la emoción tiña todas las operaciones mentales, ya se trate de una tarea matemática o de un diseño creativo. (Pág. 160). • XIX. La economía mental adopta formas múltiples, desde la simple regularidad hasta la placidez que proviene aun de hábitos complejos; se ha visto también que los atajos “mágicos” han reforzado las satisfacciones laboriosas de la mente. (Pág. 164). • XX. La arquitectura no sólo se ilumina con la luz, sino también con el sonido; de hecho, aprehendemos su realidad con todos los sentidos. (Pág. 170). • XXI. El medio ambiente planeado puede darnos, y de hecho nos da, una pauta para muchas clases de sensaciones que se derivan de corrientes de aire, pérdidas de calor, olores, texturas, elasticidades y de la fuerza de gravedad. (Pág. 178). • XXII. Einstein parece estar más cerca del tiempo-espacio de nuestros sentidos, cargado de energías, que los clásicos Euclides y Newton. El “espacio fisiológico” tiene ya desde su origen una dirección y un ámbito pronunciados, a los que el hombre revistió después, paulatinamente, con muchos significados. (Pág. 191). • XXIII. El diseño, considerado como una ayuda para la supervivencia, debe tener siempre una íntima relación con los procesos vitales a los que sirve dentro del tiempo. (Pág. 207). • XXIV. La vista, como los demás sentidos, se adiestró definitivamente dentro del escenario natural; el tiempo forma parte de su entrenamiento. (Pág. 216). • XXV. La comodidad y la fatiga tienen que comprenderse en relación con los sucesos orgánicos, y pondrán un límite a las posibilidades de los artificios arbitrarios del diseño. (Pág. 226). • XXVI. En “interiores” y en nuestra existencia urbana, la luz y el color exigen de los ojos una vigilancia más perspicaz que la que habían necesitado para la vida en una naturaleza incorrupta. (Pág. 231). • XXVII. Millones de receptores sensoriales, ricamente diferenciados, determinan lo que el diseño puede hacer realmente por nosotros. (Pág. 236). • XXVIII. La psicología social e individual se confundirá a final de cuentas con la fisiología cerebral, para guiar al diseñador en su observación y creación de respuestas tipo. (Pág. 242). • XXIX. Ciertas distribuciones deseables de fuerzas y tensiones dentro de nuestro sistema nervioso son el blanco verdadero de toda la balística exterior del diseño. (Pág. 248). • XXX. Las motivaciones elementales del hombre se complican por su condicionamiento y configuración en las vidas individuales; desempeñan su papel tanto en el diseño como en la aceptación de éste. (Pág. 261). • XXXI. Dos factores contribuyen a la fisiología de la tradición: las largas habituaciones y los breves pero impresionantes choques que operan en la memoria constructiva del hombre y de la raza. (Pág. 268). • XXXII. Desde tiempos antiguos ha sido costumbre general de los hombres el realizar extrañas importaciones y falsas aplicaciones de los bienes culturales. (Pág. 280). • XXXIII. No hay que sobrestimar la conciencia, porque hay muchas cosas que ocurren sin que nos demos cuenta. Y sin embargo, dirigir la atención sigue siendo una de las tareas más importantes del diseñador. (Pág. 287). • XXXIV. El “control” cristaliza en la propiedad. El plano de la ciudad, la arquitectura, todo ese mundo construido y fabricado está teñido, en lo que tiene de más profundo, por el deseo de la propiedad. (Pág. 294). • XXXV. Uno de los elementos condicionadores de la arquitectura es el carácter “eterno” de un monumento, que la convierte en símbolo de una enaltecedora consagración y posesión. Fijar esa idea a través del tiempo, tal es la única función que debe desempeñar un monumento. (Pág. 300). • XXXVI. Ya no solemos cuidar tesoros enterrados en alguna parte, sino que siempre desearíamos tener a la mano las cosas que necesitamos. Queremos que nuestras posesiones sean tan parte nuestra como nuestros bien entrenados miembros, y odiamos cualquier atrofia adornada y lujosamente ornamentada. (Pág. 306). • XXXVII. Una comida sólo será nuestra si podemos digerirla; una casa, una vecindad, una ciudad gigantesca que estén más allá de nuestro control orgánico no pueden ser nuestra casa, nuestra vecindad, nuestra ciudad. (Pág. 312). • XXXVIII. El problema de cómo el hombre hace suyo el diseño y de cómo se instala en él es decisivo para su evolución, y no está directamente relacionado con la evolución general dentro de la naturaleza. Sin embargo, son las leyes naturales las que deciden qué es lo que puede asimilar el hombre; es inútil quejarse de esas leyes, pero muy provechoso familiarizarse con ellas. (Pág. 323). • XXXIX. El especialista —irónico o malhumorado— se opone con más frecuencia a las innovaciones que el hombre común. (Pág. 459). • XLVI. El planeamiento de una comunidad es un arte, pero un arte que necesita un nutrido consejo científico, presidido por un experto en biología. (Pág. 401). • XLVII. El arte del diseño puede asociarse con la habilidad científica sin necesidad de tener un complejo de inferioridad. (Pág. 450).